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La voz de las víctimas del terrorismo

Malki's Parents Write

Chronicle of a Barbaric Massacre

Arnold Roth, Jerusalén
Valencia, febrero de 2006

Los organizadores de este magnífico congreso, así como de los dos encuentros anteriores en Madrid y Bogotá en los que muchos de nosotros tuvimos el honor de participar, han creado algo muy hermoso y conmovedor. Han creado un punto de encuentro. Una asamblea solemne, digna y respetable. Una manera de celebrar nuestra humanidad y nuestra supervivencia.

Pero no es tan hermoso ser una víctima del terrorismo. No es nada romántico. Ni trascendental ni heroico. No es como en las películas. Es una pesadilla; la más profunda y dolorosa tragedia que la mayoría de las personas nunca llegarán a experimentar.

La Declaración de Madrid 2004 hace una clara descripción:

“El terrorismo no se justifica jamás… En cualesquiera modalidades, el terrorismo siempre será un crimen injusto e injustificable, cruel, abominable y repulsivo. Una afrenta a los más básicos derechos del individuo y de las comunidades.”

Ser víctima del terrorismo no responde a ninguna razón. Es una de las cosas menos lógicas que le pueden ocurrir a una persona. Nos convertimos en víctimas a causa de la ira de otros, de la guerra de otros, por la escala de valores de otros, por la religión de otros. No hemos dado nuestro consentimiento para que nos conviertan en víctimas. Nadie nos ha pedido que consideremos el punto de vista de esas otras personas, ni siquiera hemos sido advertidos. Nos convirtieron en víctimas en contra de nuestra voluntad. Por sorpresa. Sin que pudiéramos prepararnos.

Este proceso de convertirse en víctima tiene poco sentido para aquellos de nosotros que lo hemos experimentado. Sin embargo, las sociedades en las que vivimos intentan comprender el terrorismo. Tratan de llegar al fondo del odio y la ira que animan al terrorismo, buscando la raíz de las causas que lo explican, que lo racionalizan. Esta postura la hemos visto en periodistas, políticos, dirigentes, en nuestros propios vecinos.

Por más dolorosa y ofensiva que sea esta postura, tenemos que admitir que brota de una necesidad humana básica de entender las cosas.

La necesidad de comprender, de encontrar una explicación para lo inexplicable e irracional, tiene una base psicológica interesante. Una distinguida académica del área de psicología social de la Universidad de Harvard, llevó a cabo un estudio: hizo un experimento para explicarse nuestra necesidad de comprender al prójimo.

Se acercó a un grupo de personas que formaban una cola para la fotocopiadora. Esperaban pacientemente su turno. En voz baja, le dijo al que estaba en primer lugar: “Perdone, tengo cinco páginas. ¿Me deja pasar?” Repitió esto varias veces y un promedio de 60% aceptaron y la dejaron pasar.

Entonces decidió cambiar su actitud con otros grupos esperando usar una fotocopiadora. Esta vez decía: “Perdone, tengo cinco páginas. ¿Podría usar esta fotocopiadora? Estoy en un apuro.” Esta manera de dirigirse fue mucho más efectiva. Una media de 94% de los que estaban esperando la dejaron pasar. Para la mayoría de las personas, “Estoy en un apuro” sonaba como una buena razón para pedir que se les tratara de otra manera. Esto tiene sentido.

Los resultados más interesantes llegaron cuando usó estas palabras, con otro grupo de personas que estaban esperando pacientemente en la cola: “Tengo cinco páginas. ¿Puedo usar la fotocopiadora? Es que tengo que hacer unas copias.” Aunque este no era un argumento válido, funcionó con una media del 93 por ciento de los que estaban formando la fila. En otras palabras, tanto el argumento válido como el no válido, dieron el mismo resultado. Consiguieron la aceptación del 90% de las personas.

No fue la calidad del argumento lo que consiguió que personas desconocidas aceptaran su solicitud de trato preferencial. Fue el mero hecho de dar una razón, y que ella la transmitiera con confianza.

Este famoso experimento arroja resultados importantes. La gente se desespera por comprender el por qué de las cosas, para dar sentido a una situación determinada; incluso cuando la razón que se les da es totalmente irrazonable o carente de sentido. Algunas de estas colas estaban situadas en universidades o en bibliotecas públicas. Por lo tanto, se supone que no todos eran ignorantes o tontos. Tendrían que ser, más o menos, como muchos de los que estamos hoy en este salón.

En estos días oscuros y difíciles, cuando las olas de terrorismo recaen en sociedades civilizadas una tras otra, sobre familias inocentes y tranquilas, esta necesidad de comprensión nos ha desarmado. Nos ha puesto en un estado de peligro donde la sociedad y sus instituciones más importantes –especialmente los medios de comunicación y el sector político- nos han fallado. En algunos casos, hasta parece que se han convertido en cómplices de quienes llevan a cabo los actos terroristas.

Me explicaré mejor con dos ejemplos. Primero, me gustaría observar cómo la organización global más importante del planeta ve el terrorismo. Me refiero a Naciones Unidas.

Una comisión de las Naciones Unidas ha estado intentando durante nueve años, redactar un texto conjunto contra el terrorismo. Para gente común como nosotros, no parece que esto fuera tan complicado para los abogados y los políticos. Sabemos que terrorismo significa deliberadamente un objetivo de civiles que serán heridos o muertos. Pero existe una asociación internacional de estados –no la nombraré- que comprende unos 57 países, casi el 30% de los 191 países miembros de las Naciones Unidas. Durante nueve años, esta asociación ha frustrado la redacción de ese acuerdo anti-terrorista, insistiendo en que el terrorismo debe ser definido, no por la naturaleza del acto, sino por su propósito. Si una acción se lleva a cabo en virtud de la “liberación nacional”, este grupo importante de estados piensa que eso no es terrorismo.

Su definición no pone ningún interés en la forma brutal con la que se lleva a cabo el hecho, o cuán aleatoria es, o en la indefensión e inocencia de las víctimas.

No soy ni diplomático ni político. Pero he consultado con algunos expertos académicos y tengo muy claro lo que esto significa. Significa que cuando el terrorismo se utiliza por una mala causa, es malo, mientras que si se lleva a cabo por una buena causa, entonces es bueno. Un ciudadano particular, un diplomático, periodista o un país entero que sostiene esta opinión, no está en contra del terrorismo, sino simplemente se opone a las malas causas.

El efecto que ejerce esta atención puesta en la semántica, es que en toda su historia, las Naciones Unidas no consiguen expresar una inequívoca condena al terrorismo.

Poco después de los terribles acontecimientos del 11 de septiembre, el señor Kofi Annan, Secretario General de las Naciones Unidas, propuso un cierto lenguaje de compromiso que condenara el terrorismo de manera no ambigua, a la vez que se reafirme el derecho de autodeterminación. Pero no consiguió convencer a esos 57 países.

Volvió a intentarlo en el año 2004, tras la trágica masacre de los escolares de Beslan en Rusia. Pero dos de los países que eran entonces miembros del Consejo de Seguridad –y me refiero a Pakistán y Argelia que son miembros de ese grupo de los 57- volvieron a demandar una depuración del lenguaje antes de que ellos dieran su apoyo. Otra vez se abandonó la condena al terrorismo.

Hace cinco meses, la ONU volvió a retomar el asunto. Una comisión especial, con el grandioso título de “Grupo de Alto Nivel de Naciones Unidas sobre Amenazas, los Desafíos y el Cambio” formuló la siguiente definición:

“Toda acción constituye un atentado terrorista si su objetivo es causar la muerte o serios daños físicos a civiles o gentes de paz, con la intención de intimidar a una población o al gobierno competente o a una organización internacional para que haga o se abstenga de llevar a cabo algún hecho”.

Hace cinco meses, era de esperar que se había aprendido la lección de los ataques terroristas de Bali, Madrid, Beslan, Londres, Bagdad, Jerusalén y tantos otros lugares. Dos de los más importantes representantes islámicos, uno de Pakistán y otro de Egipto, estaban entre las muchas figuras públicas que apoyaron esta modalidad. El señor Annan debe de haberse sentido muy seguro cuando la incluyó entre las propuestas que envió a la cumbre de los estados miembros de Naciones Unidas de septiembre 2005.

Pero no funcionó. En el último momento, el claro lenguaje de la definición que acabo de leerles, fue sacada de la resolución: descartada y echada por la borda. La razón fue la misma que la vez anterior: el rechazo de esa misma asociación de 57 países.

Interrumpir esta triste sucesión de acontecimientos alegando diferencia de opiniones respecto a las definiciones, significa desentenderse del asunto. Existe una cuestión de vida o muerte real y práctica que nosotros, reunidos aquí en esta sala, somos los únicos que pueden decir: ¿Es legítimo atacar a mujeres, niños y demás personas no combatientes? Para las naciones que comprenden un 30 por ciento de las Naciones Unidas, la respuesta es, trágica y asombrosamente, SÍ.

***

Mi hija Malki tenía 15 años cuando los terroristas me la arrancaron en Jerusalén. Ella era músico y ya mostraba dotes de liderazgo. Le gustaba el trabajo de voluntariado con niños discapacitados. Todos los que la conocieron recuerdan su sonrisa; tan amplia que casi no dejaba espacio para sus ojos.

A los terroristas, esto no les atañe.

Algunos de los hombres y mujeres que asesinaron a mi niña cumplen ahora prisión en Israel. Otros están vivos y viven bien, libres, en activo. Algunos de ellos se han convertido en recientemente nombrados miembros del parlamento. No del parlamento de mi país, sino del vecino con el que queremos, desesperadamente, vivir en paz.

Esto me lleva al tema de los medios de comunicación.

Soy una persona que lee abundantes periódicos y revistas, generalmente a través de Internet. Desde que murió mi hija Malki, los leo cuidadosamente y presto especial atención al vocabulario que usan. Ustedes se habrán percatado que los medios, rara vez usan el término “terrorista”. En su lugar, los hombres y mujeres que matan civiles inocentes en restaurantes, que ponen bombas en vagones de tren y autobuses, que apuñalan y golpean pequeños en guarderías y parques, a esos, los llaman combatientes, activistas, manifestantes, militantes, insurgentes, de todo menos lo que realmente son: asesinos, terroristas, desalmados.

Pienso que esta manera de evitar el uso de un lenguaje claro y directo responde a que los periodistas, redactores y editores no saben con seguridad lo que es el terrorismo. Tienen que oir nuestras voces. Tienen que comprender, realmente,  que el terrorismo no es una especie de lucha romántica por la dignidad. No es una modalidad alternativa de guerra noble. Es la más pura y tangible expresión del odio y de la intolerancia.

La Declaración de Madrid concluye recordando que la lucha contra el terrorismo aúna a los pueblos civilizados, en todo país con ideales humanitarios:

Como víctimas del terrorismo, no buscamos venganza ni represalias. Lo que verdaderamente queremos es liberar a las generaciones futuras del sufrimiento por el que lamentablemente, tantos de nosotros tuvimos que pasar, sea directa o indirectamente, al darnos cuenta de que aquel día nos convertimos en víctimas de la crueldad de esos criminales. Estamos convencidos de que si nos mantenemos unidos, tanto las autoridades del gobierno como los ciudadanos de a pié, mediante nuestra fehaciente voluntad y trabajo en equipo, podremos remontar este sufrimiento e insuflar vida en la esperanza de tener un mundo mejor.

Este mensaje tiene eco en la literatura tradicional judía, en el Midrash y en el Talmud. Se expresa de esta manera:

“Aquel que se compadece del cruel, al final se volverá cruel hacia el que siente compasión”

כל המרחם על אכזרים סופו שהוא מתאכזר לרחמנים

La sabiduría que encierra esta afirmación es tan valiosa en la actualidad como cuando la transmitió por primera vez un maestro a su discípulo, hace cerca de dos mil años.

La crueldad del terrorismo se ha convertido en una rara especie de secreto. Muchos políticos también tienen miedo de llamar la cosa por su nombre. Muchos, en los medios de comunicación, prefieren esconderla, usando eufemismos o explicaciones que no explican nada. Nosotros, que comprendemos mejor que nadie la cruel y brutal naturaleza del terrorismo así como el alto precio que la sociedad civilizada está pagando, nosotros las víctimas, tenemos que mantenernos unidos. Hemos adquirido una solemne obligación –en nombre de la compasión- de recordar a nuestros vecinos y a nuestros dirigentes que la visión de un mundo mejor demanda de una lucha sin tregua. Una lucha para acabar con el terrorismo. Para detener a los terroristas con todos los medios posibles.

Si nos apiadamos con el terrorista y con los terroristas, estaremos siendo crueles con nosotros mismos, con nuestros niños y nuestra sociedad, de una manera verdaderamente intolerable.

Para proteger los principios y los valores de una sociedad civilizada y tolerante, es imperativo que nuestras voces –las voces de las víctimas del terror, las inspiradoras palabras de la Declaración de Madrid- es imperativo que sean escuchadas en las Naciones Unidas, en los medios, en nuestros propios gobiernos y en todo espacio público.

Muchas gracias.

 

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